La Abuelita no es muy vieja, tiene las arrugas y señales de años y años de lucha, ella tiene ahora su cabello completamente blanco, pero sus ojos, esos ojos que brillan como estrellas, y que son mucho más hermosos y luminosos que cualquier lucero, pues su expresión es dulce, cariñosa y sincera… es un gusto mirarlos y verse reflejados en ellos. También sabe, como sabía el abuelo cuentos maravillosos.
La Abuelita sabe mucho, muchísimas cosas, esto nadie lo duda. Tiene un libro de versos que lee con frecuencia a escondidas y en silencio, es su tesoro más preciado.
En medio de aquel libro hay una rosa, comprimida y seca, sin embargo, ella la mira con una sonrisa de arrobamiento, y asoman lágrimas a sus ojos cuando contempla la flor marchita y seca.
¿Por qué abuelita mirará así la marchita rosa de su librito? ¿No lo sabes?- Tal vez allí hay recuerdos muy bellos y escondidos.
Cada vez que abuelita mira la rosa, algunas lágrimas de la abuelita caen sobre la flor marchita, entonces los colores de la rosa cobran vida, la flor se hincha y todo el lugar se impregna de su delicioso aroma; se esfuman las paredes cual si fuesen niebla, y en derredor se levanta un bello bosque de espléndido colorido, muy verde, donde los rayos del sol se filtran entre el follaje, y abuelita… vuelve a ser joven,… Es nuevamente una linda muchacha de negras y largas trenzas, redondas mejillas, elegante talle, graciosa y saltarina; ¡no hay rosa más lozana que ella ¡ pero sus ojos, sus ojos dulces y cuajados de ternura, siguen siendo los ojos melancólicos y hermosos de la Abuelita¡
Veo entonces a su lado un caballero sentado junto a ella, un hombre, joven y apuesto. Huele él la rosa que le ofrece ella y ella sonríe - ¡pero ya no es la sonrisa de Abuelita! - sí, vuelven a olerla para nuevamente sonreír juntos con ternura inmensa.
Ahora… él se ha marchado para siempre...por la mente de Abuela desfilan pensamientos y la figura de aquel hombre gallardo siempre presente en su mente,… la rosa vuelve al libro de versos nuevamente, … ella lo cierra cuidadosamente, como si temiera dañar su rosa…guarda entonces aquel librito, que algún lejano día, él escribió para ella,...
La abuelita vuelve a ser la noble y bella anciana de húmedos y brillantes ojos, que contempla la rosa, un recuerdo marchito guardado en el viejo libro plagado de recuerdos y poemas que en tiempos felices él que es su amor le dedicó… Si, la abuelita esconde sus pesares, conservando ante nosotros la sonrisa nostálgica de los tiempos idos.
Ella está sentada en su silla y sobre las rodillas un nieto querido, lo contempla y cruza por su mente un temor extraño, por lo que en el futuro de amargura y desengaño los días ignorados al nieto traerán… está contándole una larga y maravillosa historia a su nieto, una que la une el recuerdo de la historia, con la frágil rosa y su poeta ido...
Ahora abuelita ha muerto. Estaba sentada en su silla de brazos, estaba contando una larga y maravillosa historia a su nieto y quedó dormida, dormida…para siempre.
- Colorín colorado, éste cuento se ha terminado – dijo a modo de despedida - estoy muy cansada; dormiré un poquito.
Se recostó respirando suavemente, y suavemente quedó dormida; el silencio se volvió más y más profundo, en su rostro se reflejó la felicidad y la paz; se habría dicho que la bañaba el sol... entonces dijeron que estaba muerta… una lágrima rodo por mi mejilla. Ya nunca más volvería a escuchar sus historias, ni me llevaría otra vez al río.
La pusieron en el ataúd, envuelta en lienzos blancos. ¡Estaba tan hermosa, a pesar de tener cerrados los ojos! Todas las arrugas habían desaparecido, y en su boca se dibujaba una sonrisa. El cabello era blanco como plata… no daba miedo mirarla, por el contrario, quise hacer en mi mente un retrato de aquel rostro noble, para jamás olvidarla, para siempre poder recordarla.
Ella será siempre la Abuelita, tan buena y tan querida, inmortalizada quedó en mi memoria.
Aquel día… colocaron el libro de versos bajo su cabeza, pues ella lo había pedido así, con la rosa entre las páginas… así enterraron a Abuelita.
En la sepultura, junto a la pared del cementerio, había un rosal. Junto al rosal la colocaron, y aquel rosal floreció espléndidamente, los ruiseñores acudían a cantar allí, y desde la iglesia el órgano desgranaba las bellas canciones con la misma música que estaba escrita en el libro colocado bajo su cabeza. La luna enviaba sus rayos a la tumba, pero ya no está allí; ahora está allá en el cielo y desde allí, la abuelita nos mira y cuidaba de nosotros, Ahora los niños pueden ir por la noche sin temor al Campo Santo, a coger una rosa de aquella Abuelita convertida en rosal.
Los muertos saben mucho, más de cuanto sabemos todos los vivos podemos imaginar; y aún más cuando han sido almas grandes y generosas. Las almas de esos seres, saben el miedo, del miedo que nos causaría si volviesen. Por eso no vuelven de día, pero en las noches, en los sueños más lindos y mejores aparecen y nos guían…Tal vez nos cuente abuelita nuevamente aquella historia del Ratón Pérez o cualquier otra.
Hoy hay tierra sobre su féretro, y tierra también dentro de él. Hoy el libro de versos, con todas sus hojas, es polvo, y la rosa, con todos sus recuerdos, se ha convertido también en polvo, pero su recuerdo no se olvidará. Encima de su tumba, siguen floreciendo nuevas rojas rosas, los ruiseñores cantando la arrullan con dulces melodías, inspirados tal vez en las bellas poesías que le sirven de almohada, aquellas poesías que su esposo enamorado le escribió día a día.
Un hombre anciano la recuerda con un inmenso cariño, con enorme agradecimiento, escribe entonces los versos y cuentos que ella le contó en algunas noches de Navidad, él sabe que éste recuerdo de Abuelita será guardado por sus hijos y sus nietos, aunque nunca ellos la hayan visto más que en un viejo retrato, desean haberla conocido… entonces en su mente, aquel viejito; misteriosamente vuelve a ser niño, enjuga una lágrima y en su mente ve los ojos centelleantes de Abuelita.
Mis ojos verán siempre a la abuelita, joven, garbosa y hermosa como antaño, dulce y juguetona, como cuando besó por vez primera la rosa roja y lozana, que yace ahora en la tumba convertida en polvo.
Quién no recordará su voz grave y ronca, tan ronca que al contestar al teléfono le decían “Señor”… quién no recordará sus paseos de olla a las orillas de un río, atiborrado de muchachos que iban cantando…¿Quién no la recordará jugando futbol, con un tropel de muchachos?
Tuve la fortuna de aprender de ella las primeras letras y a enlazarlas para formar palabras, tuve la fortuna y agradezco a Dios el haberla puesto en mi camino, pero lo que recuerdo con mayor fuerza y claridad fue su alegría y el haberme enseñado la importancia de decir: “Te quiero”
La abuelita ya se ha ido, pero es que flores tan lindas nunca suelen durar…
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